Se verá polvo o reflejos; los vidrios son invisibles.
Reabro el ojo. En una esquina de la ventana se posó un azul. A veces me da miedo verlo, tan liso, tan engañoso… el cielo. ¿No es sospechoso que tenga un nombre? “El cielo”. Como si aquello fuera una cosa, como si la conociéramos. Al igual que todos los niños, algún día creí que al otro lado de la tierra las personas, los autos, los perros y los gatos se desprendían de la tierra. ¿Y dónde caían? Pues a aquello.
Cada lustro, invariablemente, me hallo tendido sobre la tierra (otra desconocida) y miro largo hacia ahí arriba (¿o abajo?). ¿Por qué es azul? ¿Cómo es que tiene color si no se ve? Intento asirlo y no escapa: no existe. ¿Cómo se sostienen las nubes? ¿Por qué no caen hacia la luna? ¿Por qué Dios está pintado siempre afuera en vez de dentro, dónde, si cayera, me gustaría estar: estirado sobre una nube, cómodamente, mirando hacia arriba, hacia la tierra, viendo los autos minúsculos jugando a volver a casa? Pero no me desprendo. ¡Tendría que ser más ligero, como la humedad del césped, los perfumes, las palabras, las miradas, los sonidos o los destellos de luz!
Sucede siempre en el punto en que pienso en la gravedad y la masa. Primero es una especie de recuerdo, aunque seguramente nunca ocurrió: floto entre un mar inerme y un aquello vacío pero azul, sin textura, sin olor. Entonces lo siento: no floto, me sostiene ese aire intocable y me impulsa esa agua que no es sólida. Me apresan. No soy sino una membrana, y ante mis ojos atónitos trago aquello invisible, una y otra vez, me ahogo en ello, pero no muero.
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